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Un atardecer naranja, camino a casa. Una esquina más, y llegaban. Los pies de Nico se detuvieron, así, de golpe. Las manos de Mamá iban llenas: las bolsas del mercado. Los brazos de Nico iban llenos: Pepa, su conejita. Bajo el cielo naranja, Nico dijo bajito: —Mamá… oye…

Cuando Nico era chiquito, el mundo entero cabía en los brazos de Mamá. Las luces de la feria, vistas desde upa. El sonido de la lluvia, escuchado desde upa. Y cuando llegaba el sueño, el pecho de Mamá. Tucun, tucun. El lugar más alto del mundo. Y el más calientito, también.

Ahora Nico ya sabe hacer muchas cosas solito. Los zapatos — solito. La escalera — solito. —¿Ya estoy grande? ¿O todavía chiquito? Mamá se ríe y dice: —Las dos cosas. Y el que lleva a Pepa en brazos es siempre Nico. Nico hace upa a Pepa. Mamá hace upa a Nico. Así había sido siempre, siempre.

Pero hoy, las piernas de Nico están agotadas de tanto jugar. —Upa… —empezó a decir. Y entonces se acordó. Lo que dijo ayer, muy orgulloso: «¡Nico ya está GRANDE!» Mamá dejó las bolsas en el suelo, despacito. Se agachó. Abrió los brazos. —¿Vienes? ¿Qué hará Nico?

Toca para elegir