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Una tienda con gatos. Detrás del vidrio, los gatitos ruedan y juegan. Todos alegres. Todos lindos. Pero al fondo del todo, hay uno solo — un gatito pequeño con una oreja doblada hacia abajo. Nadie lo señala. Nadie lo elige.

Riku no podía dejar de mirar a ese gatito. «…Tú eres como yo, ¿verdad?» A Riku siempre le pasaba igual — el último que queda en las carreras y en la cuerda, al que casi nadie le dice «¿juegas con nosotros?». Se agachó y apoyó la mano despacito en el vidrio. El gatito puso su patita justo en el mismo lugar.

«Quiero este», dijo Riku. Aunque su mamá le dijo: «Los otros también son lindos, ¿no?» — «No. Quiero este. El de la orejita.» Cuando lo cargó, el gatito ronroneó, hondo y calientito. Riku apoyó su mejilla contra la oreja doblada. «Me encanta esa oreja tuya.»

Le puso de nombre Sora. En casa, Sora seguía a Riku a todas partes. «Tu oreja, Sora — es distinta a todas, por eso siempre sé que eres tú.» Aunque hubiera cien gatos, lo encontraría sin equivocarse. Esa oreja doblada era lo que más le gustaba a Riku en el mundo entero.

Un día, Riku llevó a Sora al parque. Los niños se acercaron — «¡Mira, este gato tiene la oreja rara!» «¿Estará enfermo?» «Le quedó chueca.» Risitas. Carcajadas. Sora se hizo chiquito detrás de Riku. Y a Riku se le apretó el pecho. Esa risa — él la conocía muy bien.

Entonces Riku se acordó. Ni una sola vez Sora le había dicho «sé normal». Aunque llegara último, aunque le saliera todo mal, Sora simplemente se quedaba a su lado. Entre sus manos, la oreja doblada estaba tibia, muy tibia. Y las palabras que Riku siempre soñó que alguien le dijera — le subieron hasta la garganta.

Los niños seguían mirando, seguían riéndose. En los brazos de Riku, Sora temblaba. El corazón de Riku también golpeaba fuerte. Si decía «es un gato normal», seguro nadie se reiría. Pero — la oreja de Sora era lo que Riku más amaba en el mundo entero. Todos están mirando. ¿Qué va a hacer Riku?

Toca para elegir