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Mateo tenía el pocillo de barro de la abuela entre las manos. Era el favorito del abuelo. El de cada mañana. Se le resbaló. ¡Crac! La abuela tarareaba una canción en la cocina, sin verlo. Frijol, su perrito, lo miró calladito. Nadie lo vio.

Abrió las dos manos despacio. Los pedazos estaban fríos. Los juntó… pero no querían volver a ser uno. Miró rápido para todos lados. La puerta. La ventana. El patio. Nadie. Nadie lo vio. Sintió un poquito de alivio… y un poquito de miedo.

Entonces los vio. Las macetas grandes del patio, en fila. «Si los meto ahí detrás… nadie lo sabría.» Pero ese pocillo no era cualquier taza. El abuelo lo usaba cada mañana, para su café de olla. Ahora ya nadie lo usaba. El gato blanco maulló y giró la cabeza. Frijol no miró el escondite. Miró al gato.

Pasos. La canción de la abuela se detuvo. Los pedazos seguían en sus manos. Frijol levantó la mirada hacia Mateo. ¿Lo dice ahora? ¿O lo esconde? ¿Qué hará Mateo?

Toca para elegir