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A Sora le encanta contar. Sobre todo, al revés. Hasta para salir del baño: «diez, nueve, ocho…». Lo que más le gusta es la cuenta regresiva de los cohetes. Sora tiene una promesa con su abuela, que vive en un pueblo lejano: «Cada noche, miramos la misma estrella y nos decimos buenas noches». Pero, la verdad… los días en que extraña su voz, esa estrella queda un poquito demasiado lejos.

Entonces Sora hizo un plan. «Voy a construir un cohete, y voy a mandar mi carta cerquita de la estrella.» Una caja. Papel plateado. Tres aletas. Esa noche en el parque, el primer lanzamiento: «Diez, nueve, ocho… tres, dos, uno, ¡CERO!» —pffft. El cohete se cayó de costadito, plop. Detrás, una risa. «Eso no va a volar nunca.» Era Rico — el campeón de los aviones de papel.

Las mejillas de Sora ardían. Pero justo entonces — Sora lo vio. La ventanita redonda del cohete, por un parpadeo — brilló. Solo cuando apuntaba hacia la estrella de la abuela. «¿Viste… eso?» Sora miró alrededor: ya no había nadie. Una lucecita que, en todo el mundo, solo Sora vio.

Al día siguiente, y al siguiente, Sora siguió arreglando. Enrollar la cinta de nuevo. Cambiar la forma de las aletas. Mover el pesito. «Diez, nueve, ocho…» —pffft. «Diez, nueve, ocho…» —plop. Una y otra vez. Y cada vez que la ventanita miraba a la estrella: un brillito. Como si dijera: ya casi. Sora le susurró: «Sí. Ya casi, ¿verdad?»

Y entonces Sora escuchó la noticia. Esta noche era la Noche de las Estrellas Fugaces — la que llega una vez al año. La noche en que la estrella pasa más cerquita. ¡Tenía que ser esta noche! Pero — ay, no. En el último lanzamiento, una aleta se partió enterita. ¿Podrá Sora arreglarla solito antes de que oscurezca? En el pecho de Sora, el corazón empezó su propia cuenta regresiva: pum, pum, pum.

Cuando Sora llegó al parque — ahí estaba Rico. Rico, el de los aviones de papel. El niño que más sabe de aletas y de volar en todo el pueblo. Rico no dijo nada — solo miraba fijo el cohete de Sora. El mismísimo Rico que se había reído: «Eso no va a volar nunca».

El cielo se puso más y más oscuro. La estrella empezó a subir. La aleta seguía rota. En la mano de Sora: la carta para la abuela, con su retrato en crayón. La hora de la cuenta regresiva ya casi llega. Arreglarla solito — apenitas alcanza el tiempo. Pedírselo a Rico — para eso hace falta otra clase de valor. ¿Qué va a hacer Sora?

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