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«¡Hina, feliz cumpleaños!» An le mostró un dibujo de golpe. «¡Te dibujé! Oye… ¿se parece?» Hina miró el dibujo y — ¿eh? pensó. El color del pelo, la cara — de alguna forma, no se parecía nada a Hina. Los ojos de An brillaban, brillaban.

An había pasado muchos días con ese dibujo. Dibujando y borrando, borrando y dibujando. An no era buena dibujando. Aun así, quería hacer algo especial, solo para Hina. Lo había escondido en secreto, para que nadie lo viera — todo para hoy. A los pies de Hina, su conejito blanco, Mofu, se acercó dando saltitos y miró el dibujo con curiosidad.

An era la amiga de Hina. A todo le ponía el corazón entero. Aunque fuera difícil, nunca se rendía. En una esquina del dibujo había un corazoncito, y con letras temblorosas: «Hina, te quiero.» Al verlo, el pecho de Hina se llenó de calidez. — Pero.

Pero miró el dibujo otra vez. De verdad no se parecía. El pelo era verde, los ojos demasiado grandes — una «Hina» de cara rara que no reconocía. Si decía «no me gusta»… ¿qué cara pondría An? El pecho de Hina se apretó.

Podría decir «¡se parece! ¡me encanta!» y An estaría feliz. — Pero eso no sería verdad. Si decía una mentira amable, An nunca lo sabría. Si decía la verdad, la sonrisa de An podría desaparecer. Dos sentimientos chocaron.

An juntó las manos, esperando. «¿Y bien…?» Mofu se acercó dando un saltito y acercó la nariz al dibujo. Las palabras le habían subido a Hina hasta la garganta. ¿La verdad? ¿O una mentira amable? Solo un poco más.

La sonrisa de An tembló, apenas un poco. «Hina… ¿qué opinas?» Hina tomó aire. ¿Decir la verdad? ¿O una mentira amable para hacerla feliz? …¿Qué hará Hina?

Toca para elegir